Un programa bastante inusual y muy bien planificado, que incluía páginas de los más importantes músicos de sus respectivos países, Finlandia, Noruega y Dinamarca, nos permitió tomar contacto con un joven director israelí (34 años) de promisoria carrera. Una vez más, la ausencia de la cámara acústica en el escenario del Colón -deficientemente solucionada con unos pesados cortinados formando una especie de caja, que de seguro absorben buena parte de las vibraciones y armónicos de los instrumentos- se hizo sentir, sobre todo en las páginas de orquesta sola que abrían y cerraban la sesión.Así, el elusivo poema sinfónico de Sibelius, elaborado en sonoridades tenues, un clima de misterio y pocos momentos expansivos, resultó algo apagado y carente de matices. Si a ello sumamos que la batuta de Volkov no pareció especialmente inspirada y se…
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