Seguramente la de esta noche será una de esas experiencias que ni Claudio Abbado, ni su orquesta, ni el público podrá olvidar con facilidad. Del mismo modo que aquel ya célebre Requiem de Verdi en Berlín, allá por el año 2001, en el que Abbado parecía estar oficiando su propia acción de gracias, hoy el maestro milanés quiso dejar bien a la vista cuanto de sentido de la vulnerabilidad tenga la Novena Sinfonía de Gustav Mahler… y el propio ser humano a quien correspondía dirigir su interpretación. Y no porque Abbado se desmelenara y ofreciera una versión desgarradora de una obra que, como pocas otras -por historia, tradición, lenguaje y mito-, se presta a todos los excesos. No. El Mahler de Abbado nunca ha sido propicio a dejarse las tripas en cada compás, ni siquiera en esta Novena, sino que suele presentarse de manera más transparente,…
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