Fueron cuatro conciertos verdaderamente inolvidables. Por la alta jerarquía de las versiones, que en casi todos los casos (incluso me arriesgaría a quitar la palabra ‘casi’) alcanzaron niveles superlativos, pero también por la impresionante reacción del público, que en las distintas sesiones abarrotaba la inmensa sala del Colón -pocas veces, si alguna, se ha visto tal cantidad de asistentes en las localidades altas- y que agradeció las interpretaciones con larguísimas y estruendosas ovaciones, rayanas en el delirio: no recuerdo haber escuchado nunca una celebración tan ruidosa y prolongada (superando los quince minutos de aclamaciones) tras el final de la Quinta sinfonía. No era para menos. Se puede argüir, con razón, que la West-Eastern Divan no es una orquesta de primera línea, pero bajo la batuta de su ‘creador’ suena de forma…
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