Uno se pregunta siempre por qué el pobre Ballo (que, claro, es bien difícil y con algo hay que disimularlo) suele sacar lo peor de cada director de escena. De Sireuil no me lo esperaba, no sólo por su trabajo como hombre de teatro, sino por sus excelentes Mozart aquí mismo. Pero parece que no, no podemos vivir sin trasladar la acción de la obra a los Estado Unidos de mediados del siglo pasado, con escenas tipo cuadros de Hopper (que poco contacto tienen, por más geniales que en sí mismos que sean, con la música y la estética de Verdi). Para colmo, ya en la primera escena, el breve pero singular preludio se escenifica con una reunión de gabinete con cantidad de gente demás que va y viene, y no sólo: una secretaria se sienta a dactilografiar (supongo que las invitaciones para el baile) y el molesto ruido se superpone a esa música genial,…
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