Hubo un tiempo en el que nos convencimos, o nos convencieron, de que el compromiso social del arte, y del artista, implicaba inexorablemente el sádico ejercicio didascálico de explicarle al puteado lo mal que lo estaba pasando, con la mayor cantidad posible de detalles al respecto y, a ser posible, utilizando como paisaje sonoro -léase B.S.O.- una creación de alta cultura absolutamente críptica para todo aquel que no perteneciese a la élite iniciática. B.S.O. que, por lo habitual, impedía percibir la didascalía de la obra en aquellos casos en los que el mensaje no quedaba descodificado por la manipulación fonética del texto. Convengamos en reconocer que merced a su indiscutible elitismo, estas tan revolucionarias didascalías pudieron infiltrarse en La Fenice, en el Festival de Salzburgo y en otros santuarios de la alta burguesía y de ese…
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