Entrevistas

Florian Vlashi I: de Albania a España

Paco Yáñez
viernes, 4 de febrero de 2011
0,0005392 El violinista y director albanés Florian Vlashi (Durres, 1963) es, desde hace casi veinte años, uno de los principales valedores de la música contemporánea en Galicia, su tierra de acogida desde que en 1992 entrara a formar parte de la Orquesta Sinfónica de Galicia. En A Coruña, Florian Vlashi coordina y dirige al Grupo Instrumental Siglo XX, un ensemble formado principalmente por solistas de la orquesta herculina con los que aborda un amplio repertorio que tiene en su base las obras maestras del siglo XX, comprendiendo entre ellas composiciones que van de Schönberg a Xenakis, de Stravinsky a Crumb, de Bartók a Schnittke, entre otras muchas posibilidades dentro del gran organismo que es la música contemporánea.

Otro de los pilares fundamentales del Grupo Instrumental Siglo XX es la promoción del repertorio gallego de música actual, ámbito en el que el grupo de Florian Vlashi ha sido la principal referencia durante las últimas décadas. Las rutas estéticas trazadas por Vlashi para la definición de la música culta en Galicia lo han llevado, igualmente, a la recuperación de autores gallegos del pasado siglo, como Manuel Quiroga o Andrés Gaos (del cual en 1999 lanzó al mercado una integral con su música para violín y piano). Ya en el repertorio de nuestros días, Vlashi y su GISXX han ofrecido el mayor número de estrenos gallegos de entre nuestros grupos de música actual, trabajando sobre partituras de creadores como Juan Vara, Jorge Berdullas del Río, Fernando Buide, Manuel Balboa, Rudesindo Soutelo, etc.; trayectoria artística que ha reconocido la Asociación Galega de Compositores, nombrándolo socio protector.

Como violinista de repertorio contemporáneo, Florian Vlashi ha actuado en las programaciones de centros como el Reina Sofía, la Fundación Juan March o el Auditorio Nacional de Música de Madrid, así como en diversos festivales tanto en España como en el resto de Europa. Destaca su colaboración como solista con el Plural Ensemble madrileño, así como la fundación y dirección artística del festival ‘Netet e muzikes klasike’, en su natal Durres, desde el año 2003.

Paco Yáñez. Llama la atención, dentro de la gran encrucijada o archipiélago -siguiendo el imaginario de Massimo Cacciari- que es Europa, la llegada de un violinista de un país como Albania hasta el finisterre europeo, en A Coruña. ¿Cómo se realiza, en su caso, toda esa deriva a través del continente?

Florian Vlashi. Mi historia es la misma de miles y miles de músicos que se mueven por todo el mundo. Yo diría que todos tenemos el “síndrome de los trovadores” que viajaban grandes distancias. En los siglos XVII y XVIII en las cortes de Europa había músicos de Italia, Alemania, Francia, etc. Y ese movimiento sigue igual en nuestros días. La diferencia es que, en vez de enterarnos por una carta con sellos reales, hoy vemos los concursos de las orquestas en internet y viajamos en avión.

Yo me enteré “alla antiqua”, por escrito; un amigo desde Suiza me envió una carta, que todavía guardo, donde me informaba sobre el concurso de la Orquesta Sinfónica de Galicia que se celebraba en Stuttgart, Londres, Nueva York, Bratislava, San Petersburgo y A Coruña durante el mes de febrero de 1992. Enseguida lo acepté. Pedí dinero prestado para viajar a Stuttgart. Cogí el barco de Durres a Trieste. Recuerdo que había muchas olas durante el viaje y yo practicando en el camerino. ¡Debía ganar este concurso! Nunca olvidaré ese viaje tocando el violín con el movimiento de las olas, como en la famosa escena de la película de Giuseppe Tornatore La leggenda del pianista sull’oceano, cuando él quita los frenos de las ruedas del piano y toca y toca mientras las olas mueven el piano por toda la sala, bailando con el océano. Una escena impresionante... En mi caso era diferente, no era un baile; o sí. Pero tuve la intuición de que lo que me esperaba no sería un viaje fácil...

Cuando Maximino Zumalave (que me ayudó mucho en aquellos tiempos) me confirmó por teléfono que había ganado el concurso, yo en aquel momento estaba sin luz en mi casa. Albania, como todos los países del Este después de la caída del Muro de Berlín, estaba pasando el peor momento de la transición. Sin embargo, tardé unos meses en venir a España. No sé por qué..., no me era fácil. Tenía que dejar atrás un mundo para entrar en otro. En aquella situación, un antiguo profesor mío me dijo: "vas a dejar un infierno, pero alegre, y encontrarás un paraíso, pero triste..." Lo de Mark Twain es más divertido cuando dice que el paraíso tiene buen clima pero le gusta más el infierno por la compañía.

P. En alguna ocasión me ha comentado los profundos cambios experimentados por su Albania natal durante los últimos años. ¿En qué medida estas transformaciones sociales, culturales y políticas han afectado a la música desde su partida hasta hoy en día?

R. Por mala suerte, la historia de mi país no es aburrida... Como consecuencia, los cambios en Albania en estas dos décadas, después de la caída de la dictadura comunista, aparte de dramáticos, han sido brutales. Como sucede siempre en estos casos, en principio se pasa de un extremo al otro, con fuertes mareos para encontrar al final el equilibrio. Igual que los mineros que, cuando suben a la superficie, deben proteger la vista, a mi país la deslumbrante luz de la libertad le hizo daño... Ahora ya está curado.

La libertad fue el principal rasgo que se reflejó en todas las artes en general, y en la música en particular. Ésta última, por fin, era libre. Ya cayeron todos los tabúes de la “dictadura de la tonalidad”, de ese romanticismo artificial, perfumado, que, extrañamente, intentaron conservar todos los regímenes totalitarios; tanto los nazis, como Stalin o Mao, prohibían el «arte decadente». Curioso este miedo hacia el arte libre, este placer perverso de control absoluto hasta en los sueños, como en el perturbador libro de Kadaré El Palacio de los sueños. Eran los tiempos del ‘Gran Hermano’ de George Orwell, pero mucho más temible (o casi) que lo de Telecinco hoy en día. Pero esta libertad tiene su precio y su peligro en la esquina, ya que, como confiesa el gran compositor de nuestros días, Helmut Lachenmann: «Aquellos paraísos que quisimos conquistar, de repente, se convirtieron en prisiones»...

P. En ese panorama de compleja transición que nos describe, ¿qué compositores cree deberíamos conocer para hacernos un mapa mental de la música contemporánea albanesa?

R. Intento estar al tanto de la música actual de mi país, pero no me es fácil. Las distancias dificultan las cosas. Pero me gustaría mencionar algunos de los compositores con los que he colaborado o de los que, en mis conciertos, he tocado obras para el publico en España: Ballata, Buharaja, Ibrahimi, Koci, Peçi, Rudi, Simaku, Shupo, Tole, Zacharian, Zadeja, etc. Muchos de ellos tienen varios títulos y premios internacionales. Son voces muy originales y diferentes que forman un rico paisaje sonoro en el pequeño país del Adriático. Pero tienen algo en común: su música tiene una base sólida (la escuela rusa de la primera mitad del siglo XX), una escritura muy profesional y actual (últimas corrientes de la música occidental) y, sobre todo, un contenido emocional y de ideas del que muchas veces carece la música de hoy...



GISXX en el Bienal "Netet e Muzikes Klasike" Durres 2009 (Stravinski "Histoire du soldat")

P.
Me consta que uno de sus proyectos más queridos en la actualidad tiene que ver con Albania: el festival ‘Netet e Muzikes Klasike’, que desde el año 2003 dirige en la localidad de Durres. ¿Cómo surgió y en qué estado se encuentra esa iniciativa musical?

R. La bienal ‘Las Noches de la Música Clásica’ nació en 2003 de una manera muy natural y en el momento y sitio justos, como todas las cosas que parecen predestinadas. Pasando las vacaciones de verano en mi ciudad natal, Durres, nos reuníamos todas las noches con los amigos de los estudios. Allí, entre las interminables charlas, recuerdos, cervezas y risas, tocábamos los quintetos de Mozart. Al final, decidimos interpretar estas preciosas obras para el público. Enseguida tuvimos el apoyo del ayuntamiento y de muchos admiradores de la música clásica. Pusimos un nombre sencillo, pero podría ser más exacto, algo como: “Las noches de música clásica entre amigos y cervezas frías”. Finalmente, el festival tomó forma y se construyó sobre una estructura clara. Son siete noches con temáticas diferentes, como una promenade entre las diferentes épocas de la música, incluyendo un concurso para jóvenes talentos, y que se desarrolla en ambientes particulares, como un teatro, un museo, una iglesia o un club, hasta una fábrica abandonada en las afueras de la ciudad.

Para cada edición se encarga una obra, y el ganador del concurso de jóvenes es invitado por el Grupo Instrumental Siglo XX a actuar con nosotros en España. También el GISXX toca regularmente en la bienal. Así se creó un ‘puente sonoro’ entre los dos países.

Es un enorme placer volver a tu ciudad natal y hacer música junto con tus amigos de siempre y, al mismo tiempo, devolverle a tu país, a tu gente, algo de lo mucho que les debes...

P. Además de violinista y director, es usted un hombre de cultura en el más amplio sentido del término. Sé que ha conformado una importante colección de pintura albanesa contemporánea y que sigue la actualidad literaria de su país. Parte de este amor por el arte le fue inculcado desde su infancia por su padre, Gjergj Vlashi, escritor, director teatral y traductor. ¿Qué importancia ha tenido en su formación y vocación europeísta?

R. "¿De donde vengo? Yo vengo de mi infancia", dice el autor de El Principito, Saint-Exupéry. Es cierto que la infancia deja una huella imborrable para siempre y parece que toda tu personalidad, tu camino, tu destino, se forman poco a poco en un proceso enigmático cada instante de estos casi cuatro mil días de tu vida que comprende la infancia.

Aunque parezca contradictorio para la época de la Guerra Fría, yo tuve una infancia feliz entre dos mundos paralelos; pues mientras que en la escuela de música nos daban una educación estrictamente espartana en lo instrumental, al entrar en mi casa era como pasar a otra dimensión. Crecí en la casa que tenía la mayor biblioteca de la ciudad. Allí dentro, entre los miles y miles de libros, estaban todos, desde los clásicos griegos hasta los ‘modernos prohibidos’, desde los álbumes de las grandes pinacotecas del arte clásico hasta los libros de Kandinsky o Basquiat. Aparte de los más de 250 discos de música clásica, mi padre grababa los conciertos de la RAI, incluyendo los estrenos de las obras contemporáneas.



Gjergj Vlashi, delante de la biblioteca de su casa en Durres (Albania)

La biblioteca..., para mí era un mundo entero. Jugaba entre los libros haciendo figuritas de plastilina, mi juego favorito. De mi madre, que era maestra, aprendí la disciplina y el orden. Los dos me guiaban con la fórmula mágica para ese camino: "mucha disciplina y mucho amor, pero siempre jugando". Mi padre nos recomendaba a mí y a mi hermano Bep (que hoy es artista, pintor) los libros que leer, nos comentaba los cuadros cubistas de Picasso o los readymade de Duchamp, que me hacía reír mucho con sus urinarios; me explicaba el contenido de los ballets de Stravinsky como si de un cuento se tratara... Todo eso al margen de la indoctrinada ideología del realismo socialista, porque el verdadero Arte era otra cosa... "Si es Arte, no es para todos; y si es para todos, no es Arte".

A nuestra casa venían muchos músicos, escritores, actores, amigos de mis padres, entre ellos Ismail Kadare (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2009). "Esta casa es el club de los artistas y de los escritores", decía. Todavía recuerdo sus inteligentes tertulias nocturnas sobre Hemingway o el arte del miedo viendo los combates de boxeo entre Cassius Clay y Joe Frazier...

Ahora que lo pienso, creo que en un país donde dominaba la mediocridad del estado, con un control feroz en todo, estar en tu biblioteca era una cierta forma de escapar, de emigrar; una emigración imaginaria, interior...

Yo no sabía entonces si sería o no violinista pero, eso sí, estaba seguro de que había entrado en ese mágico mundo del Arte para no salir jamás... Era necesario para vivir (Oscar Wilde), para el no morir de la verdad (Nietzsche).

P. Recientemente ha interpretado en Vigo, con el Grupo Instrumental Siglo XX, el Cuarteto de cuerda Nº1 “Métamorphoses nocturnes” de György Ligeti, escrito en Budapest entre 1953 y 1954, y en el cual el compositor húngaro plasma la terrible tensión que el realismo socialista y el estalinismo causaban en aquel momento histórico. A la hora de abordar esta partitura con sus compañeros de cuarteto, buena parte de ellos oriundos de antiguos países comunistas, ¿cómo pesan sus experiencias pasadas para definir el ambiente de esta música?

R. Sí, efectivamente es una gran obra, de una densidad e intensidad aterradoras. Allí está todo. Lo interesante es que, bajo una estructura clásica y ya conocida, se esconde lo moderno. El tema principal de dos segundas que van en progresión son como dos pasos adelante que damos con mucho miedo en un terreno oscuro y peligroso (cromáticos), y Ligeti escribe ‘Allegro grazioso’... También en el ‘Tempo di valse’, que para nosotros es un grotesco, él pone ‘con eleganza’, y después todo se destruye con una danza campesina vulgar pero de una fuerza extremamente violenta. Al final, encima de los glissandi de armónicos, como encima de las almas en el aire, aparece agonizando el motivo del tema principal en el primer violín e inmediatamente viene la burla de la viola que, con ironía, dice: “Querías dar un paso adelante, ¿no?” Eso podría ser un interrogatorio en cualquier comisaría de la policía secreta o, aún peor, un interrogante de tu otro Yo, la terrible autocensura. Solamente en los últimos compases Ligeti escribe dolente y morendo… Los cuatro hemos entendido perfectamente los códigos sin hablar apenas de eso. Cada uno de nosotros encontraba allí sus fantasmas...

Al final del concierto, Lilia Chirilov, muy emocionada, me dice: "Estoy feliz porque toqué esta obra..., era importante para mí..." Raymond Arteaga se marchó enseguida, mientras que Ruslana Prokopenko no hablaba, sólo encendió un cigarrillo. Nunca la había visto fumar...



F. Vlashi, delante de la biblioteca de su casa en A Coruña, tocando con el violín Moor de Andrés Gaos

P. Y proviniendo de todo ese sustrato cultural y musical albanés, ¿qué se encuentra en A Coruña a su llegada, tanto a nivel musical como social y cultural?

R. El primer libro que leí en mi infancia fue El faro del fin del mundo, de Jules Verne, y, como un aviso del destino, aquí estoy, en el faro más antiguo del mundo. Encontré aquí un gran amor por la música, una ciudad muy abierta en todos los sentidos, como todas las ciudades con mar, la cual conocí mejor leyendo los libros de Manuel Rivas y tocando la Sonata para violín de Andrés Gaos; y, lo más importante, estaba dentro de una gran orquesta que para mí se convirtió pronto en mi otra familia.

Mis dos hijos, Daniel y Martín, nacieron aquí y, con mi mujer, Rediana, que también es violonchelista, vivimos en una casa llena de libros, cuadros, música y... una buena bodega siempre abierta para los amigos. La casa está en una idílica colina, como un pequeño paraíso. Entre los limoneros del jardín se ve el faro romano, el océano y los amaneceres, que aquí no hay dos iguales.

Einstein decía que un hombre, para ser feliz, necesita una mesa, una silla, una cesta de frutas y un violín. Yo necesito algo más o, por lo menos, cambiar alguna de estas cuatro cosas. En fin..., todo es relativo.

Soy una persona con suerte. Esta tierra me ha dado mucho, desde luego más de lo que merezco...
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