En los Estados Unidos pasa, pero no el Colón de Buenos Aires. Me refiero a esos gritos mohicanos agudos y fugaces que se superponen unos a otros como muestras de entusiasmo ante un artista genial. Mohicanos y otros entusiastas llenaron el Colón para un recital de Keith Jarret (Allentown, Pennsylvania, 1945) de regreso en Buenos Aires esta vez sin su trío, sino como solista y para compartir con el público un viaje musical incierto, enteramente compuesto de improvisaciones. En las notas a su álbum Solo concerts: Bremen/Laussane transcriptas en el programa de mano, Jarret explica que un artista “crea espontáneamente algo que está gobernado por la atmósfera, el público, el lugar (tanto el ámbito como la ubicación geográfica), el instrumento. Todos esos elementos se canalizan a través del artista, quien recompensa equitativamente los…
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