Aparte de unas nuevas presentaciones de Carmen, que no reseñaré, la temporada del Liceu ha concluido con esta nueva versión de concierto. Más aún que en el caso de Tamerlano, y tras una experiencia ‘konwitschiana’ de la que he tratado de olvidarme rápido (confieso que no he podido del todo), a esta ópera del final de la carrera de Strauss (tras esta escribiría dos más) la beneficia la versión de concierto, ya que sin negar desigualdades o estatismo (las primera sobre todo en la primera parte, y seguramente gracias al libreto de Gregor), la partitura encierra muchas maravillas(la primera, tras el magnífico preludio y el coro, el monólogo de la protagonista que se presenta con la frase que he puesto de título y que da la clave de toda la ópera que, tratándose de Strauss, revela algo más que la pura ópera, la vuelta al mito griego de la luz…
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