¿Qué hace uno? ¿Cuenta el argumento? ¿Dice ‘qué interesante’? ¿Alaba las intenciones y los esfuerzos? ¿Procura evitar que los seguidores de la creación contemporánea como única cosa válida (en ópera o en lo que sea) lo acribillen por su incultura e incapacidad de abrirse a lo nuevo? Empezaré diciendo que hacía mucho que no veía tan desierto el Liceu. Empezó con una media entrada, o algo más (como por arriba no había casi nadie, calculo que gran parte fue ‘porque debía’), y terminó con mucho menos. No sólo porque hubo gente que, como hace siempre y más en estos casos, se fue al final de la primera parte (alguna lo hizo incluso antes), sino porque en la segunda, pasados entre cinco y diez minutos el goteo fue incesante. Incluso los dos o tres abucheos de la primera parte se convirtieron en uno, casi agotado, al final. Porque la sensación…
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