"¡Me niego a morir!", exclama el chelista Pablo Casals y segundos después, el carro de muerte frotaba la historia en las cuerdas de su alma. Esa frase se clava para siempre en la memoria de ese violinista regordete, de batracio rostro, azulados ojos y aires rusos que fue alguna vez discípulo del renombrado catalán. Comprende entonces que la música es un acto vital, generador de la comunicación.Algunos vecinos ucranianos lo ven nacer el 21 de julio de 1920, pero a los 10 meses parte con sus padres a la norteamericana San Francisco. Isaac Stern escucha un viernes de sus siete años a un adolescente que frente a su casa toca el violín. El golpe es instantáneo. "Di mi primer concierto a los 15 años, pero no tenía nada de niño prodigio. Toqué -relata- un concierto de Heinrich Ernst horriblemente difícil (no lo volví a interpretar después). Mi…
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