Esa-Pekka Salonen llegó a Madrid con la Philharmonia de Londres para ofrecer dos programas con música del siglo XX, Bartok y Debussy. En el segundo, Salonen convenció sin aspavientos, entrando al trapo con una versión del Preludio a la siesta de un fauno de Debussy sutil, casi etéreo. El fauno duerme plácidamente en su visión de la pieza, sin sobresaltos o pesadillas, con una respiración tranquila y, a medida que se envuelve en el sueño, profunda. Para ello contó con una orquesta inspirada, pero que al mismo tiempo parecía tener como objetivo el querer desaparecer entre los velos de la inconsciencia. Quizás Salonen perdió la oportunidad de arrollar (en el sentido de “llegar, ver y vencer”), pero fue la suya una conquista sigilosa e inexorable (precisamente como la del sueño). El preludio le sirvió para meterse dentro del público,…
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