Si el primer título de la temporada del Teatro Real, Elektra, cosechó un éxito más que notable en cuanto a resultados artísticos y satisfacción del público, el Pelléas y Mélisande que lo ha seguido ha sido un jarro de agua fría para el respetable madrileño. Al menos en mi función, las estampidas de público tanto en el intermedio como con la bajada final del telón fueron casi ruborizantes. Y entre los que no huyeron, tengo la sensación de que el aburrimiento fue también generalizado. Es hasta cierto punto comprensible, pues por si Pelléas no fuera ya una ópera que suena, no quiero decir vieja, pero sí muy ajena a los tiempos modernos, la propuesta de Robert Wilson, bellísima en muchos aspectos, no hacía más que acentuar hasta el extremo ese estatismo y lentitud con que Debussy viste el texto de Maeterlinck. Pelléas et Mélisande es una…
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