En comparación con el Pelléas et Mélisande que la precedió, en el que Robert Wilson realizó un ejercicio extremo de estilización e irrealismo, la puesta en escena de esta Lady Macbeth de Mtsensk fue de una crudeza casi chocante. Mucha carne a la vista, constantemente, barrigas y muslos flácidos, pechos desnudos, escenas de sexo casi animal y un ambiente sucio y lleno de barro, marcadamente hostil a los destellos de sentimentalismo romántico de la protagonista, Katerina. Pero, aunque optase por el camino de la fealdad, es justo reconocer que la idea escénica de Kusej funcionó de una manera brillante con la música de Shostakovich, o mejor dicho, y siendo más específicos, con la forma en que Hartmut Haenchen abordó la partitura del ruso. Porque, al contrario de lo que ocurre en otras versiones de esta ópera, en las que se insinúa que la…
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