Para celebrar un homenaje al bruckneriano rumano Sergiu Celibidache, desembarcó en Madrid Daniel Barenboim: pianista ocasional (otrora, pianista magnífico), amateur de la política y las relaciones internacionales (con ínfulas de intelectual esculpidas en sus tiempos de trabajo con Edward Said, éste sí, un intelectual) y director de orquesta de fuste. Haciendo, pues, lo que hace mejor, e interpretando música de un compositor, Anton Bruckner, al que sirve con especial calidad, Barenboim ofreció dos conciertos breves: el viernes dirigió la Cuarta sinfonía y el sábado la Tercera, en ambas ocasiones con la Staatskapelle Berlin. La Tercera, que Barenboim tocó también en Barcelona, fue comentada en estas páginas sin escatimar elogios por Alfredo López-Vivié; a sus comentarios les remito. La interpretación de la Cuarta fue monumental,…
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