Pese a la frecuencia con que han visitado esta ciudad y esta sala, era la primera vez que la Orquesta del Concertgebouw y Gergiev coincidían en ellas y todo podría resumirse en los dos conceptos que he puesto como título. Eran evidentes entre los elementos del admirable organismo sinfónico, y entre ellos y el director (algunos gestos a las filas de violines y a los violonchelos eran elocuentes por sí mismos; las sonrisas de algunos de los profesores cuando escuchaban a otros grupos de instrumentos, a algún solista o al solista del Concierto de Sibelius, eran tanto o más elocuentes que los aplausos al final de las obras escuchadas, sean los del público que abarrotaba la sala como de los propios intérpretes). Había también respeto por los autores y por la música: puede parecer una banalidad, pero hoy quizá no lo sea tanto. Y el público eso…
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