Al parecer, en Bruselas gusta más el Rossini serio que el cómico, tanto como para que se repita el nunca muy frecuentado (por su dificultad, que no por su genialidad) título rossiniano a una distancia de casi veinte años (cuando en todos ellos no ha habido un Barbiere, por ejemplo). Y, más raro aún, que pese a no ser en versión escénica (se trataba de una excelente de Luca Ronconi), el nivel en general haya resultado más alto que el ya elevado de entonces. Esto se debió, sin duda y principalmente, a los tres protagonistas y a algunos de los secundarios. El coro y la orquesta sonaron muy bien (el primero puede que con pocos matices, pero debido a lo que explicaré de inmediato), pero Pidò pareció olvidar en más de una ocasión (sobre todo aquellas en que no se trataba de solistas, incluso en algún dúo) que la orquesta estaba sobre el…
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