El rey Midas convertía todo lo que tocaba en oro y esa fue su perdición. Alguien mucho más nocivo para sus congéneres, y estéticamente menos valioso que el tal rey, sentía tanto amor por la partitura de Rienzi que se la llevó a su colección privada y, como destructor auténtico que era de hombres y cosas, ahora el autógrafo se ha perdido para siempre, y su magnífica obertura fue mancillada con fines mucho menos nobles que los que tuvo en su origen. Y conste que el Wagner que me interesa o puede interesar es el músico, no el ser humano.
A este título le persigue desde siempre la mala suerte. Con cortes que de todos modos hacen que la obra dure más de tres horas y resulte desesperada y desesperantemente desequilibrada, e impresione como algo que adolece de gigantismo (no hay casi número, si se omite la maravillosa plegaria del protagonista,…
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