Durante el maravilloso preludio del primer acto, el público se enfrenta con la soledad del caballero del cisne, desperado por abrir en una pared blanca la compuerta que lo llevará a un mundo donde espera encontrar amor. Lohengrin empuja como un Sísifo y toda la pared se corre hacia el fondo de la escena cuando el caballero finalmente logra desaparecer detrás de una brecha que vuelve a cerrarse y se abre para dejar pasar a un Rey Enrique, reticente al comienzo ante el experimento de manipulación política al que lo precipitan sus secuaces. En una regie discutible, pero magistral en su expresividad y movimiento teatral, Hans Neuenfels viste de ratas experimentales a las damas y caballeros de Brabante. Algo parecido a esas cortesanos abejas que adulaban en otra corte, la de Abigail en el famoso Nabucco del mismo regisseur preparado la…
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