Escuchar Wagner en Lucerna siempre supone un ingrediente emocional añadido; y aunque Parsifal no tiene nada que ver con Tribschen, tampoco resulta difícil asociar la paz de la obra con la armonía completa que la naturaleza regala en ese lugar. Tanto más si, como fue el caso esta noche, Daniele Gatti (Milán, 1961) sabe encontrar esa serenidad de forma natural. Parsifal no es un servicio religioso con la música más maravillosa de la historia, pero sí es una partitura llena de espiritualidad. Cosa que Gatti ha aprendido en estos últimos años, en los que se ha doctorado en Bayreuth dirigiéndola. Precisamente por estar donde estamos, antes de que sonara el preludio del III acto se hizo en la sala uno de esos silencios que obligan a los intérpretes a estar a la altura. Así, Gatti y la Joven Orquesta Gustav Mahler fueron desgranando con calma…
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