Desde que Karajan la trajo aquí por primera vez en 1958, la Filarmónica de Berlín ha participado en -prácticamente- todas las ediciones del festival de verano de Lucerna. Y de forma invariable sus conciertos se cuentan por ocasiones especiales (lo son los de abono en la Philharmonie berlinesa, con más razón fuera de ella): en la sala se respira un ambiente muy particular, y para el concierto de hoy se han vendido -y agotado- también las localidades reservadas al coro. Porque los Berliner Philharmoniker forman una de las grandes orquestas del mundo. Desde luego su sección de violonchelos es una maravilla, la de contrabajos es directamente insuperable, y cuenta en sus filas con algunas individualidades superlativas. Aunque, por lo escuchado en el concierto de esta noche (que me confirma la impresión de ocasiones anteriores), echo de menos…
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