La Segunda Sinfonía de Rachmaninov, estrenada en 1908, es una pieza un tanto maldita: su duración -una hora de reloj-, el carácter eminentemente lírico de sus cuatro extensos movimientos, su continuado espíritu melancólico, su estructura compleja (una vez que en los años setenta empezó por fin a interpretarse sin los cortes que, autorizados en un principio por el compositor, hasta entonces habían imperado), han hecho de ella una obra poco tocada y aún menos grabada -en comparación con la literatura pianística del autor-, y con la que pocos directores se atreven: es demasiado alto el riesgo de hacer de ello un pastiche sonoro poco digerible. Tal vez por eso, en este caso el listón de las comparaciones discográficas está alto y claro: la grabación que André Previn y la London Symphony hicieron para EMI en 1973 es, en mi opinión, la…
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