Durante la obertura a telón abierto un dictador algo obeso en uniforme blanco mira un paisaje alpino a través del ventanal de su gigantesco despacho. Se ve primero una mano del autocrata sentado en un sillón de espaldas al público seguiendo el compás del disco que toca un antigüo gramófono en su igualmente gigantico escritorio. Esta mezcla de Hitler y Mussolini se va excitando progresivamente, hasta el punto de bailar la cabaletta central girando de pies y manos sobre sí mismo. Hacia el final, el paisaje alpino del ventanal se aleja para dar paso a un gigantesco globo terraqueo, que el dictador parece querer sostener con sus dos manos, bien al estilo del “gran dictador” chaplinesco. Sigue la vision de una metropolis surrealista al estilo del Dr. Caligari, con bandas armadas abusando a un pueblo que incluye una Irene de trenza dorada…
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