La música clásica, culta, académica, elaborada o como se la quiera llamar, no es un producto comercial, no es para hacer dinero, no se puede medir en función de algún rédito económico. Es simplemente “alimento para el espíritu”, para el espíritu atribulado, para el espíritu exultante, para el espíritu inquieto, para el espíritu feliz, para el espíritu envuelto en la estrecha red de los problemas del diario vivir, para el espíritu culto, para el espíritu que aún no supo serlo. La música así calificada, no es solo entretenimiento, aún cuando el ser humano necesite de él; es una circunstancia que le pertenece al hombre para ampliar su capacidad neuronal y para producir, incentivar, acompañar los movimientos del alma o sea las emociones.
Lo dicho me permite seguir pensando acerca del acierto de la formación de la Orquesta Sinfónica de Salta,…
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