Uno, dos, tres... se podían contar los segundos entre los breves acordes en fortissimo que coronan la introducción de Leonora nº2, justo antes de los catorce teatrales compases que la dirigen hacia el Allegro. Abbado es un genio en la gestión del silencio, en cómo dotar de significado a la ausencia de sonido. El día anterior lo demostró en los bises, fragmentos de la Rosamunda de Schubert, pues fue ahí donde el italiano dejó claro por qué es un mito viviente de la dirección de orquesta, al final de un concierto algo irregular [ver crítica]. Pero en su segunda actuación en Madrid, junto a la Orchestra Mozart, Abbado se apresuró desde el principio a estampar su firma sobre el puñado de obras clásicas escogidas. La Leonora II, menos épica que la Leonora III del día anterior, fue dibujada por el italiano como la aguerrida hermana pequeña,…
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