Dada la similitud del repertorio interpretado -algunas canciones fueron las mismas-, se hace casi casi inevitable hacer una referencia al último concierto que reseñamos para esta revista [leer reseña] en este mismo Festival. No obstante, y habida cuenta de que las comparaciones -al menos para alguna de las partes comparadas- pueden resultar odiosas, nos limitaremos a destacar lo positivo: el recital de Grajera, con Cardó como acompañante, fue notable por lo exquisito. Son amores distintos, el enfoque es otro, esto está ya muy visto, se nos podrá objetar. Quizá. Pero al lado de la distinción de Elena Grajera, cuyo estilo es preciso y elegante como las pinceladas de un cuadro de Fortuny, otras versiones suenan más propias de una sala de cabaret, aunque -eso no lo vamos a discutir- frescas como un tazón de gazpacho.
Grajera se mueve…
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