La del Concertgebouw pasa por ser la orquesta más mahleriana de todas. Durante su larguísimo ejercicio como director titular (casi cinco décadas), Willem Mengelberg adoptó a Mahler como compositor fetiche, instaurando una tradición interpretativa que se mantiene vigente hasta el día de hoy. Todos sus sucesores -Eduard van Beinum, Bernard Haitink, Riccardo Chailly y Mariss Jansons- han hecho cumplido honor a esa obligación-devoción. Lo que ya no es tan habitual es que dicha sagrada misión se confíe también a un director invitado, como en esta ocasión es Daniele Gatti (Milán, 1961). Y todavía más sorprendente es el hecho de que, entre todas las sinfonías mahlerianas, maestro y orquesta se presenten en Lucerna nada menos que con la Novena. Por la extrema complejidad de la obra (cuántos ríos de tinta se han escrito al respecto), y sobre todo…
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