Cada vez que el conde de Almaviva se apoya contra Susana, esta sonríe picaronamente y mira al público con grandotes ojos de sorpresa. Y lo mismo hacen otras damas cuando el noble les palmea el culo. Y cuando se trata de la consabida broma de tocarle una teta a Susana durante el “Come, oh Dio, le batte il cor!”, la mano de Almaviva parece la garra de un buitre, con un Basilio exagerando la comicidad con gestos de payaso de circo. Así de bajo ha caído la otrora eficiente régie de McVicar. El transformar al conde en un sátiro bufo inevitablemente llevó a que el público destruyera con una soez carcajada el “Contessa, perdono!” del final.
¡Si la calentura de Christopher Maltman hubiera al menos resultado en mayor calidez de voz o insinuación en el recitado, en lugar de un recorrido de voz buena pero expresión rutinaria a lo largo de los cuatro…
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