Sube con presteza y con una sonrisa las breves escaleras que separan la recepción de los salones del Hotel Palace de Madrid. Viene hacia mi disculpándose por un breve retraso, aunque ha tenido la gentileza de avisarme por adelantado. Se le ve contento, animado y lleno de energías positivas, ese término tan poco científico como exacto a la hora de describir a una persona con gran vitalidad y que se encuentra a gusto con si misma y con la vida que lleva. Me había dicho, días atrás, durante una conversación telefónica, que se sentía muy bien tras superar duras experiencias personales y que, profesionalmente, estaba muy satisfecho con su carrera. Ha alcanzado, pienso, la madurez y la serenidad necesarias para poder apreciar y disfrutar en su justa medida de las cosas de la vida y de su arte, tomándolas con la distancia necesaria para superar…
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