Ocho días después de una excelente Cuarta de Chaikovski, servida en el Euskalduna por el maestro Isaac Karabtchevsky, era el turno de otra Cuarta: la de Bruckner, en manos esta vez de un maestro que conoce profundamente la obra de este compositor, el titular de la BOS Günter Neuhold. El concierto fue una exhibición. En los movimientos segundo y tercero, Neuhold no movió los pies en el podio: allí donde se habían posado, allí permanecieron atornillados. Su economía de gestos implicaba de tal manera a la orquesta que Bruckner sonaba desde su pletórica y casi inconcebible -por remota- austeridad, desde esa mística aspiración insatisfecha que le aleja del gran público: la Romántica no es la más popular de sus sinfonías, acaso es la menos impopular. Que no es lo mismo.
El primer movimiento fue intenso y ya estuvo mostrado con rigor forense:…
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