Prats es un músico fuerte y vigoroso; y también es insinuante y delicado, y lo es al mismo tiempo y de extremo a extremo. Desde la exhibición de fortaleza del Preludio de la Bachiana a la desmesura y el esplendor casi orquestal de la transcripción del Liebestod wagneriano de Franz Liszt, el primero de sus bises. Desde su delicadísima y razonada conclusión de las Goyescas con El amor y la muerte al exhibicionismo virtuoso del Lecuona de Mazurka en Glissando, segundo y último bis, pura magia de juego y color encerrada en una caja fuerte aparentemente simple, pero cuya combinación no es fácil de cuadrar. Entre todas estas piezas, tan distantes entre sí y al mismo tiempo tan asombrosas, Prats no es un pianista que interpreta, sino que es un intérprete al piano. Un intérprete mayúsculo, potente y audaz; un monumento al eclecticismo, una suma…
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