En un hospital con paredes de boiserie rodeando ventanas al fondo, una mujer parece encontrarse al borde de la muerte, a juzgar por los desesperanzados gestos del marido y la enfermera. La enferma queda sola. Silencio por algo así como tres minutos hasta que, catapultada por el primer acorde orquestal, la desahuciada se siente emperatriz y comienza a actuar como tal en la historia que le dictan sus sueños. En ellos la enfermera es una nodriza temiblemente dominadora que de vez en cuando se pone una alas negras prestadas de la regie de Stefan Herheim para el último Parsifal de Bayreuth.
Con o sin estas copias, la narrativa metafórica propuesta por Guth para La mujer sin sombra coproducida por la Scala y el Covent Garden es plausible e interesante. Pero enseguida irrumpe una puerilidad que persistirá machaconamente a lo largo de toda la…
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