Con las conocidas cinco piezas infantiles que componen Mi madre la oca del genial Ravel, un virtuoso de la instrumentación mediante la cual enalteció su tarea de componer, se inició el concierto conducido por el maestro Calleja, director sobrio, medido, sin estridencias gestuales pero decididamente músico premiado con justicia por la Asociación de Críticos Musicales de Argentina, organización a la que pertenezco. Vino por primera vez a nuestra ciudad y carente de demagogia alguna, declaró haber encontrado no solo un solvente solista sino un sólido organismo orquestal. Vuelvo a Ravel. Escribió esta especie de suite para piano a cuatro manos y tiempo después arregló la obra para la expresión sinfónica. Son cinco cuadros que imagino tienen un vívido recuerdo de su infancia, minucioso, algo pusilánime y una característica que lo acompañó…
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