Es bien sabido que Maurice Ravel terminó y orquestó su Tombeau de Couperin bajo la directa influencia del horror de la Gran Guerra, aunando en esta obra su poquito de fervor patriótico y su mucho de pena por la pérdida de los amigos a quienes dedicó cada uno de los números de la pieza. Lo mismo que Richard Strauss se despedía de la ópera estrenando Capriccio en plena Segunda Guerra Mundial, mientras la procesión que le llevaría a las Metamorfosis aún iba por dentro. Y es verdad que los Cuadros de una Exposición de Modest Mussorgsky no tienen nada que ver con ningún episodio bélico, pero escuchar hoy “La gran puerta de Kiev” con la que está cayendo en Ucrania, a mí me pone los pelos de punta, y no precisamente de emoción. Escalofríos aparte, esta noche debutaba en el Festival de Lucerna la Orquesta de la Ópera de París, con su titular al…
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