Nunca me había cabido en la cabeza que Padre, Hijo y Espíritu Santo fueran una misma cosa. Y aunque últimamente había hecho algunos progresos -ahora, por ejemplo, ya sé que Ramallo, Camacho, y el ecónomo del arzobispado de Valladolid son las tres caras de un mismo demonio- mi nivel de comprensión de este gran misterio religioso aún no alcanzaba para superar un examen de creyente. De modo que la semana pasada me apunté a un curso intensivo de Santísima Trinidad que impartieron en el seminario de la Sinfónica del Vallés tres músicos -concertino, director y solista- reunidos en uno solo: el argentino Luis Michal, primo inter pares de los violines de la Ópera de Berlín.Comprendí enseguida que la batuta es la prolongación del dedo índice de la mano derecha de Dios Padre cuando Michal se subió al trono del podio. A pesar de su limitado…
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