Como lo hiciera años atrás con Lucia di Lamermoor, David Alden volvió a la ENO para renovar escénicamente el repertorio operístico italiano tradicional con un novedoso experimento teatral. Como único cuadro escénico, este Otello transcurre en un ruinoso palacio renacentista de paredes grises y lijadas por el tiempo. Sólo un ícono de la Virgen, manipulado a algunas veces por Otello y otras por Desdemona como una inútil tabla de salvación, encontrará su camino para colgarse al clavo de una pared. En el tercer acto Iago lo utiliza como blanco del juego de dardos mientras bromea sobre la meretriz de Cassio. Es de esta forma que el Mefistófeles verdiano, el mas elocuente y aterradoramente humano de la historia de la ópera, expresa su odio y burla a lo femenino y a las confusas nociones de pureza y honestidad de sus víctimas. El gris y el…
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