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El Director General del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y la Música (INAEM) de España, Andrés Ruiz Tarazona es el autor del capítulo
'Concierto' en el reciente libro Historia de los espectáculos en España, coordinado por los catedráticos universitarios Andrés Amorós y José María Díez Borque. Se trata del volumen 66 de 'Literatura y sociedad', una colección de libros académicos dirigida por Amorós y publicada por Editorial Castalia.En las diez páginas de su artículo, Ruiz Tarazona hace una historia del Concierto en tanto que espectáculo musical en España, desde la Hispania prerromana hasta la actualidad, incluyendo detallada información sobre aspectos tan diversos como el éxito obtenido en la Roma Imperial por las
célebres bailarinas gaditanas o las
inolvidables actuaciones en el Teatro Real de Madrid de directores tan prestigiosos como Leopoldo Mugnone y Cleofonte Campanini. Concluye su artículo con un análisis de la vida concertística española en los últimos veinticinco años, que reproducimos a continuación dado su interés informativo.�Con la llegada del sistema democrático la infraestructura de las salas de concierto y las orquestas mismas mejoraron extraordinariamente. La mayoría de los gobiernos autónomos regionales han venido apoyando la creación de orquestas sinfónicas de alto nivel artístico que, en muchos casos, se han convertido en instituciones emblemáticas de sus respectivas ciudades o regiones. Al igual que en los equipos de fútbol, están surgiendo orquestas filiales de considerable calidad, encabezadas por la Joven Orquesta Nacional de España.��Hay importantes festivales y ciclos sinfónicos y de cámara de excepcional calidad, con la presencia de los mejores conjuntos y solistas del mundo. Los conciertos se han multiplicado y en Zamora o Granada podemos oír un Sibelius o un Beethoven tan bien tocado como en Helsinki o Colonia. ¿Quiere decir eso que todo es de color rosa en la música? En absoluto; queda mucho por hacer entre nosotros por la música y no sólo por su enseñanza en los centros especializados, sino en la escuela pública, el colegio o la Universidad. Se necesitan más ediciones, mayor conocimiento de nuestros compositores entre propios y extraños, una renovación del repertorio que lleve al gran público hacia la creación actual, o le permita apreciar la de los siglos XV y XVI, la gran desconocida.��¿Proporciona más placer estético, emoción más intensa, una sinfonía de Gustav Mahler que un motete de Cristóbal de Morales?.��En cualquier caso, nos hallamos en un fin de siglo complejo, pero muy activo para la música. Los conciertos y la ópera son ahora los acontecimientos más apreciados por el sector más culto y sensible de la sociedad. Pero se exige a los músicos un nivel técnico como nunca hubo y, en ese sentido, se puede llegar a un punto que afecte negativamente al aspecto más hondo de la música, que no es, por supuesto, el del virtuosismo o destreza en su ejecución.�
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