Discos

Desde Rusia con amor

Raúl González Arévalo

martes, 30 de diciembre de 2014
Bartoli – St. Petersburg. Arias de Francesco Araia (La forza dell’amore e dell’odio; Seleuco), Hermann Raupach (Altsesta, Siroe, re di Persia), Domenico Dall’Oglio (La clemenza di Tito), Vincenzo Manfredini (Carlo Magno), Domenico Cimarosa (La vergine del sole). Cecilia Bartoli, mezzosoprano. I Barocchisti. Diego Fasolis, director. Grabado en el Auditorio Stelio Molo (RSI), Suiza, en diciembre de 2013 y febrero y abril de 2014. 1 CD (DDD) de 77 minutos de duración. Decca 478 6767. Distribuido en España por Universal
Cecilia Bartoli triunfa en su profesión, es una de las mayores estrellas de la lírica de nuestro tiempo, sus grabaciones se sitúan inmediatamente a la cabeza de los discos más vendidos de música clásica y hace tiempo que lleva su carrera como quiere, haciendo oídos sordos a críticas y consejos. Pero, sobre todo, es evidente que se divierte con lo que hace, le gusta provocar -en el buen sentido– ajena a toda polémica o sentido del ridículo. El vídeo promocional con el que este verano nos anunciaba ni corta ni perezosa, en bañador, nadando, que iniciaba una nueva aventura, era una declaración de intenciones en la misma línea que Mission, su penúltimo álbum monográfico dedicado a Agostino Steffani, y del anterior, Sacrificium, con arias de la escuela napolitana para castratos. 

Si hay que reconocerle algo a Cecilia Bartoli es su interés y su inquietud por ofrecer productos novedosos, atractivos y cuidados, que abran campos nuevos. Su álbum dedicado a Vivaldi fue pionero, a la vista de la exhumación posterior de la producción lírica del Prete Rosso. Las obras italianas de Gluck también están siendo objeto de revisión después de su recital monográfico. Menos repercusión ha tenido la reivindicación de Antonio Salieri. Por el contrario, Steffani vive un auténtico auge, y precisamente ahora se publica una nueva grabación de su Niobe, Regina di Tebe, un año después de Mission. Tras escuchar este St. Petersburg no sería de extrañar que en un futuro no muy lejano la Biblioteca Musical del Teatro Mariinsky revelara nuevas joyas y grabaciones completas de obras que, como aclara su directora en el artículo correspondiente, en su mayoría se conservan en copias manuscritas. Desde luego, lo merece Cimarosa, pero también Araia, Raupach o Manfredini. 

Aunque era necesario contextualizar el ambiente cultural y cortesano en el que se inscribía la llegada y el arraigo de la ópera italiana en San Petersburgo, centrado en el papel de las tres zarinas del siglo XVIII (Ana, Isabel y Catalina II), el lector ávido de informaciones echará en falta un mayor análisis del valor musical y las características de los autores escogidos, así como de sus obras. Francesco Domenico Araia ya comparecía en Sacrificium con la impresionante “Cadrò, ma qual si mira” de Berenice; ahora, además de renovar la impresión sobre su habilidad para la escritura de arias de bravura, demuestra asimismo una capacidad expresiva y melódica muy interesante con “Vado a morir” de La forza dell’amore e dell’odio, la primera ópera italiana interpretada en Rusia por una compañía de extranjeros establecidos en San Petersburgo en 1736. 

Precisamente el punto fuerte de la propuesta está, a mi juicio, no tanto en las arias de bravura, esperadas, sino en las más líricas y reposadas, como las magníficas de Hermann Friedrich Raupach, un alemán con perfecto dominio del estilo de la opera seria italiana, sucesor de Araia como compositor de la corte y autor de la interesantísima Altsesta (Alceste) en ruso. Así, el recital gana puntos con las arias patéticas, las que evidencian la transición del tardobarroco hacia el Clasicismo. El Carlo Magno de Vincenzo Manfredini, asimismo sucesor de Raupach como compositor de corte, está pidiendo a gritos que lo rescaten. Al igual que la gran escena de La vergine del sole, que recuerda que Cimarosa no sólo fue maestro de la comedia, sino igualmente en opera seria. En todas ellas brilla el fiato y el legato sobresaliente de Cecilia Bartoli, cuyo acento doliente imprime la dosis justa de drama, con las cotas de expresividad habituales. La variedad de afectos seleccionados realzan la capacidad camaleónica de la romana, que también sabe deslumbrar con el habitual despliegue de coloratura –siempre con su técnica particular–, comunicativa y con empuje en los momentos di forza. No se puede descartar que haya grabado alguna pista que más no se haya publicado pero que aparezca en algún recopilatorio futuro –como ya ocurrió con Maria y Sacrificium– además de la previsible aparición del recital en soporte audiovisual (¿en el Palacio de Invierno?), siguiendo la estela de Sacrificium (en el Palacio de Caserta) y Mission (en Versalles). 

 A su lado Diego Fasolis e I Barocchisti están perfectos, saben valorizar la variedad y el cuidado del acompañamiento instrumental con brillantez y despliegan sonoridades suntuosas de páginas que, más allá de la rareza y la grabación en primicia mundial, merece la pena escuchar con atención. Y además el recital se presenta en su habitual formato de lujo, profusamente ilustrado con cuadros de la ciudad y retratos de compositores y zarinas, y tres artículos de presentación en inglés, francés y alemán (en castellano se puede descargar en .pdf). 

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