La presencia de Achúcarro en el escenario abruma. Su Grieg es de una hondura y un lirismo resplandecientes. El sonido es tenue, extremadamente cuidadoso y delicado, y la posición de Caballé-Domenech y la Sinfónica de Euskadi de máxima colaboración, que no de ayuda. Achúcarro no es un anciano a quien haya que sostener, ni un pianista en el ocaso a quien se escuche con magnanimidad y reverencial respeto, sino un músico completamente inmerso en Grieg, dominador y eficaz, que ofrece el concierto desde una intimidad casi carnal y en muchos momentos con juvenil efervescencia: más como un espumoso vivo y audaz que como un vino de guarda. Achúcarro hace Grieg con un talento y una inteligencia colosales, pensando no en lo que sus dedos hacen, sino en lo que sus dedos dicen. No domina la partitura, la crea mientras la toca. No descuida los…
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