París. Años 30. El whisky de Duke Ellington deambula por la habitación. No hay argumento contundente que pueda convencerla. Josephine Baker está enojada. Se acomoda el malhumor en el rodete y responde: "Tengo seis trajes de escena y puedo ponerme cualquiera, pero no encuentro de la noche a la mañana un tipo que cante en español, francés, portugués, italiano; que baile, que sea negro y toque guitarra, cavaquinho, pandeiro, contrabajo, batería y que además sea buena persona. ¿Y vos ahora me lo querés sacar?" Duke da un portazo. Rabia y afecto dejan surcos en los pensamientos de Oscar Alemán. "Debería tenerle bronca a Josephine porque mi vida hubiera cambiado. Ellington me ofrecía el triple de lo que ella me pagaba y me iba a presentar mejor", se confiesa a sí mismo.Un blues descorcha un rezo. La melancolía vertebra las cuerdas de la…
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