En la noche del 30 de enero llovía sobre las calles del centro de Vitoria-Gasteiz lo que se dice un diluvio, y la temperatura era más bien baja. Aproximarse al teatro Principal tenía algo de heroico, pero la llamada era poderosa e irrenunciable: Sibelius en la primera parte, Sibelius en la segunda, respectivamente el concierto para violín y la sinfonía número cinco, un programa de libro para disfrutar de la música de un compositor hondo y exigente. Ya a resguardo, en el interior del Principal, un pequeño y bonito teatro a la italiana, se apreciaban a simple vista las apreturas a las que el espacio sometía a la orquesta: quizá llevaderas para el concierto, pero muy preocupantes para la sinfonía. El concierto resultó lo que el espacio, así descrito, auguraba.
Si es complicado entender qué mueve a programar un concierto para piano de Mozart…
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