Sokolov pertenece a la estirpe de músicos que no emiten sonidos desde el escenario, sino que atraen al auditorio hacia su instrumento, convertido en un poderoso cuerpo que succiona inevitablemente, que esclaviza, que subyuga. Es una cuestión física, gravitacional, un misterio irresoluble de mecánica celeste. El pianismo de este hombrachón que parece ignorar las convenciones de un concierto, que evita cualquier gesto que no sea rigurosamente imprescindible, que parece sudar cada paso que da entre el camerino y el teclado, es de un mundo distinto al de los pianistas meramente excepcionales. Toca de una manera tan inteligente, tan profundamente estudiada y asimilada, tan radicalmente natural y desnuda y tan depurada, que el lenguaje escrito se vuelve superfluo. Como el agua y el aceite, así de lejos están Sokolov y lo que pueda decirse de…
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