Un día, hace muchos años, oí decir a Andrés Segovia que la guitarra no suena débil, sino lejana. Desde entonces, siempre me ha rondado una imagen de la guitarra clásica como el habitante único de un pequeño planeta semejante a aquel asteroide B-612, en el que vivía el Principito de Saint Exupéry. Un mundo pequeño que sólo de vez en cuando ven, apenas vislumbran, los habitantes de los planetas grandes, los otros; esos que hasta tienen nombre propio, como la Ópera, la Música Sinfónica, el Piano, el Violín...Un mundo, el de la guitarra, lejano para los más de los melómanos, un pequeño orbe íntimo y recoleto al que conviene acercarse con una amorosa disposición de ánimo que te permita abandonarse al lirismo de su canto, a ese sonido lejano de belleza fugaz, pero semejante a la de esas mariposas efímeras que viven apenas lo que dura un…
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