Discos

La resurrección de un mito

Raúl González Arévalo

viernes, 10 de abril de 2015
Johann Adolf Hasse: Siroe, re di Persia (versión de Dresde, 1763). Max Emanuel Cencic (Siroe), Julia Lezhneva (Laodice), Mary Ellen Nesi (Emira), Lauren Snouffer (Arasse), Juan Sancho (Cosroe), Franco Fagioli (Medarse). Armonia Atenea. George Petrou, director. 2 CD (DDD) de 167 minutos de duración, grabados en el Parnassos Hall de Atenas, Grecia, en julio de 2014. DECCA 478 6768. Distribuidor en España: Universal.
En 1987 William Christie grababa Cleofide de Hasse con un reparto lleno de especialistas barrocos de aquellos años (Kirby,Ragin, Mellon, Visse) en un disco no del todo satisfactorio que se convirtió en referencia porque era primicia mundial del título y de una ópera completa del compositor. Con el auge barroco que siguió posteriormente, en particular con Händel y, más tarde, con Vivaldi, hubiera sido lógico que se hubieran sucedido más grabaciones de quien fue considerado el mejor compositor de su tiempo por los grandes especialistas del XVIII, por encima de todos salvo, quizás, Händel.

Sin embargo, han pasado por delante otros compositores de menos fama. Y hasta la llegada del siglo XXI no ha recibido una atención renovada, primero con la cantata Marc’Antonio e Cleopatra (¡con dos grabaciones! Dorian y DHM), y luego con Didone abbandonata (Naxos). Pero realmente ha sido este Siroe el que lo ha puesto de nuevo en el candelero por múltiples motivos.

Más allá del aura mítica que envuelve el nombre de Hasse, la apuesta real proviene de un conjunto de factores coincidentes: una gran discográfica (Decca), dos grandes contratenores (Cencic y Fagioli), una joven estrella ascendente (Lezhneva) y buenos profesionales acertadamente dirigidos por un director de trayectoria consolidada con su propio conjunto, que ha adquirido súbitamente la categoría de referencia (Petrou, Armonia Atenea). Y la conveniente campaña de marketing, que lejos de inflar las cualidades del producto, lo ensalza justamente.

Aunque originalmente el protagonista fue estrenado por Farinelli, que nadie se llame a engaño: la grabación no recurre a la primera versión de Bolonia de 1733, sino a la segunda posterior en tres décadas, estrenada en Dresde en 1763. De hecho, la parte principal fue completamente reescrita sobre las cualidades de Domenico Annibali, que para entonces ya había cantado más de diez de las cerca de setenta óperas del catálogo del sajón. Pero que no se desilusionen los amantes del virtuosismo, como siempre en Hasse, abunda. No en vano, pudo contar con Caffarelli como Medarse y con la soprano Elizabeth Leyber como Laodice. Las actuaciones de Fagioli y Lezhneva lo dicen todo sobre sus capacidades.

Como era de esperar, Cencic clava la vocalidad del protagonista. Sin embargo, ya sea por el carácter menos espectacular de las arias, ya por la competencia feroz del resto del reparto que reivindica con fuerza su parte de protagonismo, el resultado final impresiona menos que en su disco dedicado al compositor, Rokoko, aunque no faltan pequeñas joyas, como la interpolación de “Vo disperato a morte” del Tito Vespasiano del propio Hasse. En este sentido, cabe alabar la generosidad de encabezar y promover una grabación que ofrece sin embargo más oportunidades de lucimiento a sus colegas.

A su lado Franco Fagioli despliega su impresionante capacidad para la coloratura, en particular con “Fra l’orror della tempesta”, no por nada incluida en su recital dedicado a Caffarelli hace dos años. Desde entonces el intérprete se ha hecho menos técnico y más dramático en sus interpretaciones, esforzándose asimismo en arias más melancólicas. El resultado es, probablemente, insuperable.

La tercera estrella es, sin lugar a dudas, Julia Lezhneva. La jovencísima soprano (¿o mezzo?) rusa se ha hecho famosa por su endiablada capacidad para las agilidades. Ciertamente, la habilidad de la cantante eslava para producir escalas de manera exacta a una velocidad que parece sobrehumana es apabullante –para muestra “Di tuo amor”, extraída del Britannico de Graun– aumentando la sensación de vértigo en las variaciones de los da capo. La destreza para el trino, recurso expresivo fundamental del barroco, también es sobresaliente, y el papel parece hecho a medida para sus capacidades. Apenas se le pueden reprochar sonidos ligeramente ácidos en el agudo, y una expresividad más restringida por el despliegue técnico.

Su voz contrasta oportunamente con la de Mary Ellen Nesi, más oscura. La mezzo griega se está labrando una discografía de todo respeto, trabajando con los principales especialistas barrocos. Al temperamento dramático notable une la inteligencia de hacer expresivos algunos sonidos ásperos. En sentido contrario, la voz de Lauren Snouffer, un punto ligera en algunos momentos, es más agradable de escuchar, aunque la intérprete aparece menos singular e imaginativa. En todo caso, está absolutamente a la altura del reto. Por último, Juan Sancho muestra una seguridad cada vez mayor, incluido un registro agudo a veces rebelde, pero que exhibe sin complejos en su presentación (“Se il mio paterno amore”), a la vez que es capaz de conmover en su lamento “Gelido in ogni vena”.

George Petrou es un director más vigoroso que sutil, como demostró con la grabación de Alessandro de Händel (ver crítica) y revalida con este Siroe. Y si bien el carácter de las obras no es exactamente igual, lo cierto es que esta óptica le sienta bien a una obra en la que personajes como Siroe o Cosroe no tienen un retrato particularmente rico. La Armonia Atenea suena brillante e impetuosa a sus órdenes. La experiencia de ambos con Händel es preciosa a la hora de explotar las cualidades de una partitura que merece ser conocida a todas luces como perfecto exponente de un rococó musical no siempre suficientemente reconocido.

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