Hay un nombre que me traslada a mi infancia cada vez que lo recorro en voz alta: Celibidache. Desde que mi boca se introduce en él por la puerta abierta de su C mayúscula hasta que lo abandona deslizándose por el tobogán de su e final, vuelvo a ser esa criatura que balbuceaba sus primeras palabras deformando la denominación de las cosas de un mundo que recién empezaba a descubrir. Celibidache, la repito al tiempo que la escribo despojada de su dueño, un mí(s)tico director de orquesta rumano que, curiosamente, afirmaba que hay que acercarse a la música con el candor de un niño, y a quien la Simfònica del Vallès rindió recientemente tributo.De todos los actos programados en torno a su figura, mi memoria se ha enriquecido con el recuerdo de la experiencia intemporal de una Cuarta de Bruckner dirigida por Jordi Mora, y una emotiva mesa…
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