Algún periódico local, con predilección por las reseñas sociales de eventos artísticos, dictaminaba el triunfo y la alegría de esta nueva presentación de la última y maravillosa colaboración de Mozart y Da Ponte. No sé si cinco minutos de aplausos al final pueden avalar tal juicio.
Tal vez lo hayan vivido así quienes, locales o turistas, esperaban con impaciencia el momento de tomarse su copa en el bar (réplica del que se veía en el escenario y que tan mal se corresponde a la estética del Liceu y de su salón principal). La mayoría, si no se había marchado tras el primer acto, se iba esforzadamente entre el ‘no ha estado mal’, ‘podía ser peor’, y ‘no me ha convencido’. Los que se marcharon aprovechando la pausa hicieron mal, aunque probablemente habían visto la mejor parte del espectáculo. Los otros tenían todos razón. Depende de lo que se…
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