Discos

A la sombra de Händel

Raúl González Arévalo

jueves, 4 de junio de 2015
Francesco Gasparini: Il Bajazet, dramma per musica en tres actos (1719). Leonardo de Lisi (Bajazet), Filippo Mineccia (Tamerlano), Giuseppina Bridelli (Asteria), Ewa Gubańska (Irene), Antonio Giovannini (Andronico), Benedetta Mazzucato (Clearco), Raffaele Pe (Leone), Giorgia Cinciripi (Zaida). Auser Musici. Carlo Iapata, director. Tres CDs (DDD) de 204 minutos de duración. Grabado en la Iglesia del Crocifisso (Barga) en junio y julio de 2014. GLOSSA GCD 923504. Distribución en España: Semele.
Los amantes del barroco de las primeras décadas del siglo XVIII deben estar exultantes. A la solidez del catálogo händeliano, con nuevas grabaciones de obras maestras que salen sin parar; a la recuperación más que consolidada de Vivaldi, se están uniendo otros compositores que hasta hace muy poquito apenas pasaban de ser un nombre de enciclopedia. Recientemente Fra Bernardo publicaba Adriano in Siria de Francesco Veracini; a finales de mayo Decca, siguiendo la estela del bombazo que supuso hace un par de años el Artaserse de Leonardo Vinci (Virgin), ha sacado su Catone in Utica. Porpora y Caldara reciben una atención cada vez mayor. Y ahora también Francesco Gasparini tiene su oportunidad.

El nombre de Gasparini estaba indisolublemente unido al de Händel a través del Francesco Borosini, que llegó a Londres con la partitura de Il Bajazet bajo el brazo. Händel la estudió y “homenajeó” al colega toscano trabajando sobre la música del protagonista, como es patente en el aria “Forte e lieto andrei”, una de las más famosas que escribió en su carrera para la cuerda de tenor. Pero nunca escuchábamos la original, al menos hasta que Ian Bostridge tuvo la feliz idea en su recital Three Baroque Tenors (Emi 2009-2010) de ofrecer ambas, permitiendo una interesantísima comparación.

Ahora bien, la comparación entre este Bajazet y Tamerlano de Händel no deben ir mucho más allá de la música del protagonista –que ofrece más puntos de conexión– y los libretos: genios hay muy pocos, Gasparini no es uno de ellos, y las evidencias saltan a la vista en sujetos similares como el que nos ocupa. Lo que no resta un ápice de interés al acercamiento a su obra, de la que hizo nada menos que tres versiones, Venecia 1711, Reggio Emilia 1719 y Venecia 1723. La elegida para el estreno discográfico completo es la segunda, compuesta para un elenco estelar que, además de Borosini, incluía al castrado Antonio Bernacchi, la soprano Marianna Bulgarelli y la mezzo Faustina Bordoni.

La presente versión no cuenta con un reparto contemporáneo equiparable por renombre y habilidades al del estreno reggiano (sobre todo en comparación con otras grabaciones como las citadas anteriormente de Veracini y Vinci) pero se desempeña con gran adecuación y momentos de indudable brillantez que valorizan la partitura.

Leonardo de Lisi no es un especialista en barroco, hecho que se nota particularmente en el ataque de los pasajes más floridos, cuando las notas semiaspiradas denotan el esfuerzo para adecuarse al estilo, lo que logra con más profesionalidad que comodidad. Algunos agudos suenan un tanto ásperos y hay sonidos que no son particularmente bellos, pero a cambio encontramos una identificación total con el personaje, que se traduce en un retrato convincente del que resalta la nobleza de carácter del protagonista.

Filippo Mineccia se está imponiendo como uno de los mejores contratenores italianos en un país que no ama particularmente su cuerda y no ha producido grandes estrellas barrocas en ella. Aun sin llegar al nivel estratosférico de emisión e imaginación de un Jaroussky o un Cencic, reivindica con fuerza sobresaliente el papel protagónico de Tamerlano. Su nivel se sitúa por encima del de los otros dos contratenores, Antonio Giovannini y Raffaele Pé, más limitados también en su cometido.

Entre las mujeres se impone sin discusión Ewa Gubańska, cuya Irene es excelente en todas y cada una de sus intervenciones. La mezzo polaca venía avalada como triunfadora de la Händel Singing Competition de 2014, una carta de presentación que se ha confirmado con creces en este registro, donde la parte de Bordoni es la que encuentra mejor traducción vocal e interpretativa de las tres principales. Menos singular, aunque notable, la Asteria de Giuseppina Bridelli.

El desempeño de Auser Musici deja un regusto un tanto amargo. Es lo malo de haberse acostumbrado a tantas y tan excelentes formaciones de instrumentos antiguos, incluyendo los conjuntos italianos. Es lo que tienen las comparaciones, una vez más. El sonido de la orquesta es meritorio, incluso bueno, pero no brillante. En este sentido, sólo puedo estar de acuerdo con Eduardo Torrico, que en su reseña para El arte de la fuga se lamentaba de que no se hubiera empleado un orgánico de mayor tamaño y variedad. Ignoro los motivos de tal decisión, si fueron artísticos o económicos, pero indudablemente la perjudicada es la obra. Y el director, Carlo Iapata, que se habrá visto limitado en sus medios para poder echar más imaginación a una dirección –una vez más– buena pero no brillante.

Como siempre con Glossa, las notas de Antonella D’Ovidio son ejemplares para contextualizar una obra y un compositor que merecen la pena conocer.

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