Discos

Estrellas sí, equipo no

Raúl González Arévalo
miércoles, 7 de enero de 2015
Wolfgang Amadeus Mozart: Don Giovanni. Dramma giocoso en dos actos con libreto de Lorenzo da Ponte (1787). Ildebrando D’Arcangelo (Don Giovanni), Vitalj Kowaljow (Il Commendatore), Diana Damrau (Donna Anna), Rolando Villazón (Don Ottavio), Joyce DiDonato (Donna Elvira), Luca Pisaroni (Leporello), Konstantin Wolff (Masetto), Mojca Erdmann (Zerlina). Mahler Chamber Orchestra. Vocalensemble Rastatt. Yannick Nézet-Séguin, director. Grabado en la Festipielhaus del Festival de Baden-Baden en 2011. 3 CDs (DDD) de 172 minutos de duración. Deutsche Grammophon 477 9878. Distribución en España: Universal
0,0001463 No pocas veces ha sucedido en la historia de las grabaciones que el reparto estaba mal asignado. Sobre el papel, salvo Villazón, todos los nombres podían funcionar. Pero teniendo en cuenta además la interdependencia de los personajes en este caso, el enfoque errático de un intérprete influye automáticamente en la percepción de los demás. Y, como en los equipos de fútbol, la coincidencia de estrellas no hace equipo.

Ildebrando D’Arcangelo es un bajo-barítono que también encarna papeles de bajo cantante. Don Giovanni es básicamente un papel de barítono, pero han sido muchos los bajos(-barítonos) que han querido encarnarlo, en una larga tradición discográfica que desde Ezio Pinza y Cesare Siepi ha continuado con Nicolai Ghiaurov, George London, Samuel Ramey y Bryn Terfel. La diferencia entre D’Arcangelo y los anteriores, con la excepción de Terfel, es que todos ellos se identificaban automáticamente con el protagonista, mientras que el galés y el italiano son reconocidos Leporellos que no han abandonado modos propios de un sirviente al encarnar al señor. Porque si algo falla a mi juicio en su interpretación no es ciertamente la voz aterciopelada, rica, oscura y resonante, sino la óptica, con un seductor poco sutil en sus formas. Y si el enfoque funciona al revelarse la naturaleza del personaje en el trío final frente al comendador, en otros momentos no es así, y la dificultad es evidente, por ejemplo, en la serenata.

El contraste es más acentuado aún por cuanto que Luca Pisaroni no compone el Leporello clásico, cómico y patán. Por el contrario, el matiz constante en el canto y en la palabra, y el timbre más claro que el del patrón, acentúan la rudeza de este último, hasta el punto de pensar en papeles cambiados, con el señor interpretando al criado y viceversa. La nobleza en la línea de canto y la inteligencia en los recitativos recuerdan los modos de un José van Dam. Habría que escuchar este Don Giovanni in pectore, cuya transformación se antoja más creíble que la de su compatriota.

Un problema análogo presenta la otra pareja protagonista: Diana Damrau es una mozartiana excelsa y reputada. Su Donna Anna está a la altura de su fama, con dos arias magníficas en la pureza de la línea y el legato, realmente impresionantes en la segunda en particular, y una coloratura expresiva y fácil. Apenas molesta un poco un vibrato que parece estar ensanchando. A su lado no puede chirriar más el Don Ottavio de Rolando Villazón. El mexicano parece haber decidido reciclarse con Mozart, con papeles cuya extensión no superan como media el La4, de modo que el registro agudo, que empezaba a mostrar fisuras, ya no es problemático, a la par que explota una sorprendente capacidad para las agilidades. A pesar de momentos interesantes, y de la novedad del timbre más oscuro frente a la tradición de tenores lírico-ligeros, surge de nuevo el problema del estilo, totalmente equivocado, error acentuado por la adecuación de su pareja al personaje femenino. Mozart no es Verdi, ni Don Ottavio Alfredo Germont. No hay ni rastro de señorío, de línea aristocrática, de elegancia, de introspección ni de contención. Su Don Ottavio es pura pasión extrovertida, con un ardor propio de Don Giovanni, hasta el punto de destrozar el espíritu de “Dalla sua pace” -aquí los pequeños portamenti son lo de menos-. Y no estoy seguro de que el personaje sea eso; desde luego, no de esa manera.

La siguiente en liza es Joyce DiDonato, que sigue abordando papeles de soprano corta (recientemente la Maria Stuarda donizettiana). No es la primera mezzo-soprano discográfica para Donna Elvira: Christa Ludwig, Ann Murray, Cecilia Bartoli y Sonia Ganassi le han precedido. Pero Donna Elvira es otra cosa: todas sufren con “Mi tradì”, que una Ludwig, que ha grabado nada menos que la Leonora beethoveniana y Karajan quería como Isolda, bajaba medio tono. La americana no tiene el poderío vocal de la germana, y aunque en términos generales canta bien, no termina de estar cómoda ni compone un retrato memorable; mejor habría hecho en seguir el ejemplo de la Horne y la Berganza, como en tantas otras ocasiones, y limitarse a encarnar Zerlina.

La campesina la confía la discográfica a Mojca Erdmann, presentada como artista exclusiva de la casa con un recital en 2010, al que siguió esta Zerlina, y poco más. Voz lírica con ribetes de ligera, con un instrumento bien timbrado aunque no penetrante, compone un personaje bastante anónimo, de buenas maneras pero carente de picardía y sensualidad. Mucho más redondo el irritable Masetto de Konstsntin Wolff, mientras que el Comendador de Kowaljow se remite a las voces eslavas oscuras y cavernosas, eficaz en la escena final.

La dirección de Yannick Nézet-Séguin es tan contradictoria como su reparto: conjunto de cámara con sonido con poco vibrato, que contrasta abiertamente con el canto y la interpretación más románticos, decimonónicos, de los cantantes. Los tiempos alternan la febril velocidad en ocasiones típica de los conjuntos con instrumentos originales, con una overtura moderna, con otros momentos de enfoque más tradicional, incluyendo el uso del rubato, como ejemplifica la serenata.
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