Cuando en 1940 Béla Bartók (Nagyszentmiklós, 1881 - Nueva York, 1945) arribó al puerto de Nueva York, en lo que sería un viaje a América sin retorno (en vida), uno de los baúles que atesoró con un mayor cuidado, del que nunca se quiso separar, ni tan siquiera en su exilio ultramarino, fue el que contenía las transcripciones musicales que había realizado durante décadas recorriendo los pueblos y aldeas de su Hungría natal (incluyendo Rumanía, parte a principios del pasado siglo del Imperio Austrohúngaro, en el que Bartók había nacido). Esas transcripciones, fruto de un constante y sesudo trabajo etnomusical, nutren el catálogo del compositor en muchas de sus partituras, incluso aquéllas que inicialmente nos puedan parecer más modernas, abstractas y desligadas de una raíz folclórica, por Bartók sublimada en nuevas formas de expresión…
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