Antonio Caldara está siendo objeto de una lenta revisión discográfica. Hace unos años Philippe Jaroussky le dedicó un monográfico con un programa basado en arias de sus óperas vienesas destinadas a castrados. En esa ocasión, y frente a otros autores italianos, principalmente de la escuela napolitana, pero no sólo, daba la impresión de ser un autor más competente que brillante, a pesar de la fama europea que alcanzó en vida. La selección mostraba una expresividad más sencilla que la exhibición brillante de otros autores barrocos, sin renunciar al despliegue deslumbrante cuando la situación lo requería.
Más recientemente Andrea Marcon recuperaba La concordia de’ pianeti [leer crítica], una serenata alegórica que, más allá de su valor intrínseco y la cuidada presentación de la grabación, no lograba cumplir con su objetivo final: la…
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