Silvio, el aprendiz de la panadería de Mamma Lucia, deja de amasar cuando ve pasar a una coquetísima Nedda que inspecciona el empapelamiento de carteles publicitando la próxima función de Pagliacci. Una mirada basta para que el panadero se enamore hasta el punto de comprarle a Alfio un precioso chal de seda que regalará a Nedda mientras la besa apasionadamente durante el interludio. Una hora mas tarde Santuzza, sentada en un banquillo del foyer del teatrucho donde Nedda tendrá que vérselas con su celoso marido, confiesa angustiada su remordimiento al cura del pueblo durante el preludio al segundo acto de Pagliacci, para llorar aparatosa y aliviadamente luego de la absolución. ¡Y que casualidad que justo pasa por allí Mamma Lucia, que hasta ese momento no le perdonaba a Santuzza haber denunciado a Turiddu! Pero, ¿quién puede resistir la…
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